Resultaba extraño.
A los mercaderes se les había escapado un negocio fabuloso : cobrar por respirar.
Pronto han conseguido solucionar su despiste : ya estamos pagando.
Primero el tamiflu.
Mas tarde, los guantes, las mascarillas y las vacunas.
Luego, si preciso fuese, el oxigeno mismo.
Una vez estemos suficientemente atemorizados, bastará con pagar a los mercaderes para que todo vuelva a ser, mas o menos, como siempre.

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